JUBILEO 2000

 

 

OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES

Visitar y cuidar a los enfermos

San Mateo era uno de los doce apóstoles y uno de los cuatro evangelistas. Se dedicaba a ser algo así como un inspector de Hacienda; pero lo dejó todo un día que estaba allí con sus impuestos y Jesús lo llamó. Lo dejó todo y además escribió un Evangelio. Te recomiendo que leas el capítulo 25 de su Evangelio, cuando dice algo así como “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino (…), porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis”.

Todos tenemos claro, clarito, que tenemos que hacer cosas por los demás; pero a veces nos cuesta entender que los demás empiezan por los que están más cerca: un compañero, un amigo, un familiar... que está enfermo. Pues no está nada mal ir a visitarlos. Es así de sencillo: cuidar y visitar a los enfermos.

Dar de comer al hambriento

Benedicto XVI en su primera encíclica, en DEUS CARITAS EST, “Dios es amor” como todo el mundo sabe, habla del amor de Dios hacia los hombres; pero no sólo del amor de Dios hacia los hombres, sino también del amor de los hombres entre ellos mismos. Para amar en serio a cada persona hay que descubrir en ella al mismo Jesucristo.

De hecho, en nuestra sociedad hay mucha más gente de la que pensamos que pasa hambre. Más de la quinta parte de los seres humanos sufre problemas graves de desnutrición. Quizá no podamos remediar de golpe el hambre de millones de hermanos nuestros –aunque nos esforcemos por erradicar esta lacra-, pero si que podemos colaborar con el convento del barrio, el comedor de Cáritas, el centro de acogida que conocemos y otras iniciativas similares. Es cuestión de ver a Cristo en ellas y compartir el pan de cada a que Dios nos da.

Dar de beber al sediento

Si tienes una calculadora encima puedes hacerte rápido una idea de lo que supone que cada minuto mueran cuatro niños en el mundo por falta de agua. El resultado es descomunal, es terrible, es espantoso. Y eso no ocurre precisamente en Madrid, sino en sitios que desconocemos, en sitios de los que ni siquiera a lo mejor hemos oído hablar.

En el mundo, más mil millones de personas no tienen acceso al agua potable, y más del doble, cerca de dos mil millones y medio, carecen de cuarto de baño y alcantarillado. Deberíamos ser más sobrios con el agua, y deberíamos colaborar más con organizaciones que intentan paliar estas lacras, que tanto nos sonrojan y que despiertan en nosotros deseos de ayudar a tanta gente que no tiene lo que tenemos cualquiera de nosotros.

Dar posada al peregrino

Mucha gente de Madrid ha ofrecido su casa para la Jornada Mundial de la Juventud, y es lógico, porque aquí en España todos hemos escuchado, o hemos vivido en primera persona, historias de peregrinos del Camino de Santiago, que han sido acogidos en los lugares más diversos y más distintos. Pero a veces, quizá podemos hacer compatible todo este buen rollito, con cierto desprecio a los inmigrantes: y los veremos mal o pensamos “no, sí, si son como los demás”. Y evidentemente, la Iglesia no nos pide que acojamos a todos bajo nuestro mismo techo; pero por lo menos, sí que veamos en ellos al mismo Jesucristo.

Vestir al desnudo

El 92,3% de los jóvenes, al ser preguntados sobre cuál es la obra de misericordia que más practican sus padres, contestan que “vestir al desnudo”, y explican que es que sus padres se pasan todo el día diciéndoles “niño, por favor, súbete los pantalones”.

Sin embargo, los padres preguntados no han contestado lo mismo, pero no viene aquí a cuento hablar ahora de los porcentajes. Se trata de vestir al desnudo: esté en el tercer mundo o a la vuelta de la esquina, pero también que hay que vestir con dignidad, aunque a veces no esté de moda, y puedas quedar como el más viejuno de la fiesta..

Redimir al cautivo

Hay una historia muy mala sobre un niño multimillonario, al que le mandan en el colegio el día de Cáritas hacer una redacción sobre los pobres. Y el niño escribe algo así como “Erase una vez un niño muy pobre, muy pobre, que vivía con unos padres que eran muy pobres y por eso le llevaban a comprar a tiendas muy pobres, y a jugar al golf en campos muy pobres. Y tenían un chalet muy pobre en una finca muy pobre, con una piscina muy pobre y una pista de pádel muy pobre… Y no sólo era pobre la familia: era también pobre el chófer y el mayordomo y todos los criados de la casa”.

Probablemente este niño también pensaría que las cárceles son una especie de parques temáticos para millonarios estrafalarios que quieren pasar de una manera alternativa las vacaciones, y no. No es así. Las cárceles son sitios difíciles, y los reclusos son gente que necesita mucha atención y mucha ayuda.

Enterrar a los muertos

De pequeño, en el colegio, cuando estábamos estudiando las obras de misericordia, hubo uno de mis compañeros que dijo que una de las obras de misericordia era enterrar a los vivos y difuntos. Y el profesor le explicó que aquello de enterrar a los vivos no era una obra de misericordia: era una faena.

Y todos tenemos que morir, y todos los sabemos. De hecho, no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un día más, y nadie tan joven que no pueda morir mañana. Y es absurdo intentar olvidarse de esta realidad. Vivir de espaldas a la muerte es prepararse para morir de espaldas a la vida. Y ocultarse de la realidad no es forma de solucionarla, y la Iglesia lo sabe, y por eso dedica todo un mes a los difuntos, un mes que empieza con Todos los Santos y sigue con el día de los Fieles Difuntos, los dos días del año en los que se venden más flores. Y es que es bueno ir de vez en cuando a los cementerios, ir a los entierros, acompañar a nuestros amigos, a nuestros familiares. No hace falta tener grandes ocurrencias. Cuando tenemos un conocido, un amigo, un familiar al que se le ha muerto alguien querido, esa persona probablemente lo que más necesite en ese momento es, sencillamente, compañía.

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES

Enseñar al que no sabe

En las labores asistenciales, o sea, en la atención de inmigrantes, de enfermos, de drogadictos, de los sin techo, no sólo participan los cristianos y las instituciones de la Iglesia, participan muchísimas instituciones; pero tampoco cabe duda de que la participación de los cristianos, porcentualmente, es de las más significativas.

Lo mismo ocurre en la enseñanza: en España hay unos 6.000 centros educativos de inspiración cristiana, y en ellos están matriculados como un millón cuatrocientos mil alumnos, y es que hay que enseñar al que no sabe; pero también hay que tener en cuenta dos cosas: una, que no sólo se enseña en la escuela y otra, que por mucho que uno sepa, siempre tiene que estar abierto a saber más.

Dar buen consejo al que lo necesita

Juan Pablo II es el papa inventor de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y fue también un papa que escribió muchísimo. Entre otras cosas escribió la carta SALVIFICI DOLORIS, una carta sobre el sentido del sufrimiento. En esa carta, nos explica cómo a a través de nuestro sufrimiento podemos unirnos de alguna manera a los méritos de la Pasión de Cristo. Y también nos explica en la carta que para unirnos a la Cruz, no podemos hacerlo ahora a través de la dimensión del tiempo, pues no estamos en el año 33, ni a través de la dimensión del espacio, pues no estamos en Jerusalén, si no que tenemos que utilizar la dimensión del amor.

A mí este consejo me ayudó mucho. A veces hay que saber buscar, encontrar algún buen libro, y luego compartir; porque es muy bueno dar buen consejo al que lo necesita.

Corregir al que yerra

ERRARE HUMANUM EST. Todos nos equivocamos. Algunos nos equivocamos cada vez que abrimos la boca. Incluso somos capaces de equivocarnos antes de abrir la boca. Pero lo triste es que nos ocurra lo que le ocurrió a aquel famoso rey, al que le tomaron el pelo y le hicieron un traje invisible, que lo podían ver personas especiales. Y el emperador se puso aquel traje invisible y salió a pasear desnudo por su pueblo, y sus nobles, sus compañeros, la gente del pueblo, era incapaz de decirle que iba desnudo y todo el mundo le halagaba y le reía sus gracias... hasta que llegó un niño y le dijo que es que estaba desnudo.

No podemos permitir que a personas que tenemos cerca y que conocemos les ocurra lo mismo. Si hacen algo mal y lo sabemos, tenemos que decírselo, noblemente, a la cara, sin ser cansinos. Por su bien.

Perdonar las injurias

¿Conoces algo más patético que dos personas que han dejado de hablarse porque no se perdonan algo?

Si quieres subir la audiencia de tu programa no tienes más que buscar a dos personas que se odien, que se insulten y que juren que jamás serán capaces de perdonarse algo; pero si no te importa el share, ni el prime time, ni nada de eso, lo que tienes que hacer es perdonar.

Uno de los personajes más entrañables del Evangelio es el buen ladrón. Propiamente hablando no hay ladrones buenos, y los cristianos no veneran a San Dimas por ser ladrón, sino porque allí, en la Cruz, fue capaz de dar la cara, de pedir perdón y de robarle el corazón a Jesús. Hay que saber perdonar y también hay que saber pedir perdón.

Consolar al triste

Dios tiene hambre y sed en todos los pobres del mundo. “Dios, que se digna dar desde el Cielo, quiere recibir en la tierra". Esto dijo San Cesáreo de Arlés, un padre de la iglesia que vivió y escribió, sobre todo, en el siglo VI.

A veces se nos pone a veces una nube encima y todo nos parece terrible. Y esa nube nos va persiguiendo a todas partes, hasta el punto de que aunque brille el más espléndido de los soles, sobre nosotros llueve que llueve. Ya podemos escuchar la noticia más fantástica, la noticia más esperada de las mejores noticias, que nos puede parecer terrible, porque matizamos y matizamos, hasta que conseguimos encontrar algo negativo detrás de lo más positivo.

Dios está triste en todos los tristes de este mundo, podría decir también San Cesáreo. Y para eso estamos nosotros, para poder llevarles el paraguas y así que se olviden un rato de sus nubarrones, y para acompañarle, y conseguir arrancarle una sonrisa. Y como dice un viejo proverbio: Una alegría compartida es doble alegría, y una pena compartida es media pena.

Sufrir con paciencia los defectos de los demás.

San Agustín vivió en África entre los siglos IV y V. Es un escritor muy famoso por sus numerosas sentencias y sus numerosos escritos. En el año 416, durante la Pascua, pronunció una serie de sermones sobre la primera epístola del apóstol San Juan, cuyo tema principal es la caridad. Allí se habla de lo absurdo que es decir que amamos a Dios y despreciamos a los hombres, miembros de la Iglesia y por tanto miembros de Cristo. Y pone el ejemplo San Agustín de lo tonto que sería que alguien quisiese besar a otro en la frente, y para eso le pisase en los pies con sus botas claveteadas. O sea, que es absurdo que critiquemos a los demás y a la vez pretendamos estar cerca de Dios. Hay que sufrir con paciencia los defectos del prójimo, que bastante tienen con sufrir los nuestros.

Rogar a Dios por vivos y difuntos.

La caridad no consiste en dar muebles viejos o ropa usada. Vaciar los trasteros a costa de los necesitados es una caridad nada amable. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “Hay que dar hasta que duela, y cuando duela, dar todavía más”.

Hay muchas formas de darse. La Iglesia tradicionalmente propone siete obras de misericordia corporales y siete obras de misericordia espirituales; pero esto no quiere decir que haya sólo catorce formas de darse sin tacañería. Es más, tampoco quiere decir que lo único sea dar dinero, para que la gente que no tiene ese dinero pueda conseguir tantas cosas que se pueden conseguir con el dinero. A veces es más necesario que el dinero un buen consejo, o dar parte de nuestro propio tiempo... o dar una oración. El lenguaje del amor es universal.

Por muy bien que nos encontremos, aunque llegásemos a la más justa de las sociedades, siempre será necesario que nos queramos, y siempre será necesario que recemos los unos por los otros, y que recemos también por nuestros fieles difuntos.